Ricardo Palma - Nació en Lima, Perú, el 7 de febrero de 1833. Famoso por sus Tradiciones peruanas pero también fue poeta e historiador. Su producción literaria convencional queda desplazada por relatos cortos que narran en forma satírica y plagada de giros castizos las costumbres de la Lima virreinal. Empiezan a ser publicados en prensa bajo el nombre de Tradiciones. Este estilo de cuadro de costumbres lo inscribe dentro de lo que podría considerarse Romanticismo peruano.

Sabio como Chavarría - Tradiciones Peruanas - Tercera Edicion


(A Juan de los Heros)

I

Que trata de cómo una de las Pantojas me hizo tomar el rábano por las hojas


¡Cómo! ¡Qué cosa! ¿No conoció usted a las Pantojas? ¡Chimbambolo! ¡Pues hombre, si las Pantojas han sido en Lima más conocidas que los agujeros de los oídos!

Las Pantojas que yo alcancé eran tres hermanas como las tres Marías, las tres Gracias y las tres hijas de Elena, salvo que aquí marra la segunda parte del refrán, porque las tres eran buenas como una bendición.

En cuanto a belleza no eran de ¡Jesús! ni de ¡Caramba!; lo que, en buen romance, quiere decir que ni asustaban como el coco, ni embelesaban como Venus. Las Pantojas eran unas cotorritas enclenques, siempre emperejiladitas, limpias como el agua de Dios, hacendosas como las hormigas, trabajadoras como una colmena, llanas como camino real o sin encrucijada, y cristianas rancias y cuidadosas de la salud del alma.

Hasta hace quince o veinte años tenían un tenducho de baratijas y juguetes en la calle de Valladolid, y el más caro de sus artículos de comercio se pagaba en un real, y la venta cundía y las Pantojas pelechaban. Ellas tuvieron por parroquianos a los que eran niños cuando entró la Patria, y a los convalecientes del sarampión y la alfombrilla cuando Castilla y Echenique gobernaban el país por el sistema antiguo (teóricamente); y ¡qué diablos!, parece que con la teoría no le iba del todo mal a la patria.

Las Pantojas no quisieron alcanzar los días de progreso, en que las muñequitas de trapo serían reemplazadas por poupées de marfil, y en que el lujo para vestir una de éstas haría subir su valor a un centenar de duros. ¡Qué tiempos aquellos! ¡Cuánto atraso y miseria! Hoy papás, mamás y padrinos derrochan por pascua de diciembre un dineral en juguetes para los nenes, que así duran en sus manos como mendrugo en boca de hambriento. La vanidad ha penetrado hasta en los pasatiempos de la infancia.

Había el que esto escribe salido de la edad del babador y el mameluco y entrado en la del cuartillo de barragán y la mataperrada, cuando una tarde, caminito de la escuela, ocurriole llegar a la tienda de las Pantojas y gastar la peseta dominguera en un trompo, un balero y un piporro.

Sobre cuartillo más, cuartillo menos, disputamos hasta tente bonete, y entablé con ellas una de interpeladuras o interpelaciones, yo que en los días de mi vida he vuelto a tener entrañas para interpelar ni a un ministro en el Congreso; porque eso de andar con preguntas y respuestas, como en el catecismo del padre Astete, maldito si me hace pizca de gracia. Tal sería lo contundente de mi argumentación, que doña Martinita Pantoja, declarando terminado el debate, me dio un suave tironcito de orejas, me regaló un par de nueces y otro de cocos, y me dijo:

-¡Anda con Dios, angelito! Tú sabes tanto como Chavarría.

Contentísimo salí con el piropo. De fijo que Chavarría sería un prójimo superior a Séneca y demás sabios de la cristiandad y judería de que hacen mención las historias.

Mi dómine se llamaba don Pascual Guerrero (algunos de mis lectores guardarán reminiscencia de su chicote encintado) y, cascabeleándome la curiosidad, fuime a él y contele lo que una de las Pantojas me había dicho: «que yo era tan sabio como Chavarría».

-¡Ah! ¡El gran Chavarría! ¡Hombre, si tú hubieras conocido al gran Chavarría! ¡Famoso Chavarría!

Y el hombre de la palmeta con sus exclamaciones y aspavientos me dio menos luz que un fósforo de cerilla, influyendo así para que el diablillo de la presunción se entrase, como Pedro por su casa, en el alma de un trastuelo del codo a la mano. Ello es que di en la flor de mirar por encima del hombro a los demás escolares que, según mis barruntos, no podían ser sino animalitos de orejas largas y puntiagudas, comparados conmigo, que sabía tanto como Chavarría.

¡Ah! Si don Pascual Guerrero me hubiera dicho entonces lo que después he sabido sobre Chavarría, habrían tenido las Pantojas (que de eterna gloria gocen) sarna que rascar con el por aquellos días futuro ciudadano. ¡Qué inquina, tirria o mala voluntad la que les habría tomado a las pobrecitas! ¡Pues no faltaba más que tratarme de igual a igual con Chavarría!

II

De cómo a fines del siglo pasado todo era en Lima Chavarría por activa y Chavarría por pasiva


El segando día de Navidad del año de gracia 1790, grandes y chicos, encopetados y plebeyos, no hablaban en Lima sino del mismo asunto. Desde el virrey bailío hasta el más desarrapado pelafustán, era idéntico el tema de conversación entre los cincuenta mil y pico de habitantes que, según el censo, vivían de murallas adentro en la capital del virreinato.

No habría producido más grande sensación la llegada del cajón de España, nombre que daba el pueblo a la valija de correspondencia de la metrópoli, y que era recibida de seis en seis meses con general repique de campanas, siempre que nuestro amo el rey continuaba sin novedad mayor en su importante salud, o que la reina nuestra señora había salido con bien del último embuchado, regalando a sus súbditos de allende y de aquende con un nuevo lagartijo.

Bueno será que, dejando marañas y parlerías, entremos en el café de Francisquín y alquilemos orejas para ponernos al corriente de la novedad del día. Y nota, lector, que singularizo el café, porque..., pero esto merece que eche a lucir mi erudición. A ver si hay guapo que me contradiga sobre la autenticidad de los datos que voy a sacar a plaza.

Desde Pizarro hasta 1771, toda persona con apariencias de decente, que aspiraba a tomar un refresco fuera del domicilio, sólo podía hacerlo en los establecimientos destinados para el juego de pelota y bochas. Estos sitios fueron poco a poco democratizándose, y la gente de copete dejó de concurrir a ellos, hasta que en 1773, y favorecido por el rumboso virrey Amat, un italiano o francés, llamado Francisquín, estableció en la calle de la Merced un café (el primero que tuvimos en Lima) que podía hacer competencia al mejorcito de Madrid. Cuatro años después, un español, don Francisco Serio, fundó el famoso café de Bodegones que hasta hace poco disfrutó de gran nombradía. Y aquí pongo punto, pues me parece que he dicho algo y que me he lucido en este ramo de historia cafetuna.

Entremos, pues, en el café de Francisquín y oigamos lo que se charlaba en una mesa donde saboreaban jícaras del sabroso chocolate de Yungas, con canela y vainilla, un reverendo de la orden de predicadores, un depositario de la fe pública, un estudiante de prima de leyes, que así cursaba leyes como aleluyas, y un empleado del real estanco de salitres, digo, de tabacos. ¡Vaya un lapsus plumae condenado! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Escupe, Guadalupe, escupe! ¡Bonitos están los tiempos para andarse con equivoquillos!

-Pues, señor -decía el notario-, el tal Chavarría es el demonio. ¡Y lo que sabe el maldito!

-Pues si sabe tanto como de él cuentan, no puede ser sino en virtud de malas artes -añadía el estanquero-. ¿No cree su paternidad que sea caso de Inquisición?

-Puede... -contestó con gravedad el dominico, echándose al gollete el último sorbo del canjilón.

-Yo me pirro por conocer a Chavarría; pero no lo haré sin consultarlo con mi confesor.

-Y acertará, hermano -añadió el reverendo-. La salvación es antes que Chavarría. Consulte, que así librará de caer en algún lazo que le tienda el maligno.

-¡Qué lazo ni qué garambaina! -terció el estudiante-. Los talentos de Chavarría son notorios desde los tiempos de Plinio; y a la paz de Dios, caballeros, que son ya las siete dadas y me espera Chavarría.

III

Donde a la postre salimos con una pata de gallo


-Pero hasta aquí -dirá el lector- no sabemos quién es Chavarría. Vamos, presénteme usted a Chavarría.

-Pues con venia de usted. Chavarría es... Chavarría.

-¡Buen achaquito, compadre Cantarranas! Quedo enterado.

-¡Vaya! Si no sé cómo decirlo. En fin, Chavarría es..., que lo diga por mí el Diario de Lima, en su número correspondiente al 25 de diciembre de 1790 y en los sucesivos. ¡Cataplún! Trátase de un perro pericotero que se exhibió en el teatro de esta ciudad de los reyes.

«Chavarría salió vestido de mujer, bailando el fandango, el villano y la mariangola», dice un bombo.

«Chavarría salió con capa colorada, bien empelucado y con sombrero de picos, bailando el don Mateo», cuenta un suelto.

«Chavarría hizo el papel de muerto, y resucitó oyendo pronunciar el nombre de nuestro muy amado rey y señor don Carlos IV», prosigue el humbug periodístico.

«Chavarría salió de capa y con espada en mano y tuvo un desafío con un inglés, al cual estiró sin más ni menos». ¡Cáscaras con Chavarría!

«Chavarría cantó el mambrú a dúo con un niño». ¡Demonche!

«Chavarría, con los ojos vendados, sacó el peso doble e hizo pruebas con un pañuelo y con las cuarenta cartas de un naipe». ¡Maravilloso!
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«Chavarría hizo ejercicio militar con fusil y bayoneta calada, y estando de centinela quiso sorprenderlo un inglés. Chavarría le arrimó un balazo y lo envió a pudrir tierra».

Y basta con lo apuntado, que la lista de habilidades es larga y el bombo del Diario de Lima estrepitoso.

Lástima y grande es que por aquel año no hubiera existido en Lima otro periódico, que de fijo no se habría quedado corto en poner por las nubes las gracias de Chavarría. Quede sentado que el Bombo gacetillero no es invención de nuestro siglo.

Lo cierto es que nuestros abuelos se quedaban con tamaña boca abierta y creyendo en lo portentoso con las bufonadas de Chavarría. ¡Ya se ve! Ellos no podían soñar que en el siglo XIX tendría las mismas y mayores habilidades cualquier mastín de casta cruzada, y que hasta los ratones y las pulgas serían susceptibles de recibir una educación artística. ¡Qué sencillez tan patriarcal la de nuestros progenitores!

La prueba de lo mucho que con Chavarría se impresionaron, es el refrán que se les caía de la boca cuando querían ponderar la travesura o ingenio de un muchacho: ¡Sabe más que Chavarría! ¡Sabio como Chavarría!

Hoy son pocos los que dicen estas palabras. El refrán esta sentenciado a morir junto con el último octogenario.

IV

Donde concluye el autor formulando una cuestión que otros se encargarán de resolver


Y ahora diganme ustedes en conciencia, ¿no les parece que las Pantojas me hicieron un insulto mayúsculo comparando mi talento con el de un perro y que me sobra justicia para entablar contra ellas querella de agravio?

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